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Bienvenidos a Plano Medio. Un blog de críticas del cine de siempre donde podras descubrir curiosidades de tus películas favoritas.

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La vuelta de una estrella


el-informe-pelicanoSupuso la vuelta al cine de la estrella femenina más importante del momento tras un año de retiro voluntario, supuso del mismo modo la película por la que más dinero se llegó a pagar a una actriz hasta aquella fecha. Y es que “El informe pelícano“, el título basado en el best-seller del escritor John Grisham (autor que ya había demostrado su potencial para el cine con su anterior obra: “La tapadera“) significó la recuperación para el mundo del cine de “la novia de américa” en un papel que, aunque ya había sido escrito, no dejaba de estar pensado para ella.

Un thriller tremendamente enrevesado de buen pulso y buena factura, coprotagonizado por Denzel Washington, que presentaba al espectador una compleja historia de intrigas, conspiraciones y entramados judiciales que logró, como era de prever un absoluto éxito en taquilla.

La complejidad de lo que aquí se nos contaba, su larga duración y el descubrimiento del principal misterio de la cinta a mitad de la misma (el contenido del informe) fueron factores que jugaron en su contra, algo que fue sabiamente contrarrestado por la excelente química que Roberts y Washington destilaron a lo largo de todo el metraje. Una química que fue, en cierto modo, protagonista de una de las mayores polémicas de la película. Y es que el hecho de que la relación entre Roberts y Washington no trascendiera lo meramente “profesional” (pese a notarse en todo momento la atracción que existía entre ambos) fue tachado por algunos sectores cuanto menos de racista. Ocho años después y con un tremendo carácter simbólico, Denzel Washington entregaba un Oscar a Julia Roberts y se fundía con ella en un apasionado beso (desde aquel entonces son grandísimos amigos), quizá el  mismo beso que no pudieron darse durante el rodaje de esta película.

Místico

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    Nada más peligroso que algunas obsesiones


    atraccion-fatalVeintidós años después de su estreno “Atracción fatal” continúa teniendo fuerza. Posiblemente porque los temas que aquí se tratan difícilmente pasarán algún día de moda o tal vez porque consigue hacernos reflexionar sobre el por qué de ciertos comportamientos que no por peligrosos se dan en menor medida.

    Cierto es que lo que aquí plasmaba Adrian Lyne estaba llevado hasta el más absoluto extremo, un hecho que, pese a provocar que la cinta no brillase como podría haberlo hecho, no fracasaba en su intento de que los espectadores se identificasen con unos personajes que permanecieron en el subconsciente colectivo durante un buen número de años. Este enfoque tan extremo provocaba que se indagara menos en la psique de los protagonistas, especialmente en el interesantísimo personaje de una soberbia Glenn Close (de la que se presiente hay tanta historia detrás que daría para varias películas) y se optara por convertir el final del metraje en un thriller demasiado efectista que empobrecía la profundidad de la obra completa. Curioso resulta conocer que existió un final alternativo mucho más realista que desde mi punto de vista hubiese encumbrado esta cinta muy por encima de la posición que ocupa hoy día. En aquel momento primó el interés comercial por encima del valor argumental y se escogió el final equivocado. Uno de esos errores dados en el mundo del cine que a día de hoy aún hay que lamentar.

    Una película nominada a seis Oscar donde Glenn Close, Michael Douglas y Anne Archer compusieron uno de los triángulos amorosos más creíbles de los irrepetibles años 80.

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      “La mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo”


      la-mano-que-mece-la-cunaRecientemente se estrenó en nuestros cines  “Obsesionada“, una película inspirada en la ochentera “Atracción fatal” que a mí personalmente me hizo recordar un título bien diferente. Y es que en el año 1992 vio la luz en todo el mundo una cinta de título cuanto menos curioso que no sólo significó el trabajo más importante en la carrera de la actriz Rebecca de Mornay, sino que también nos enseñó a muchos que un trabajo bien hecho y una historia bien construída podían dignificar el cine más comercial llegado del otro lado del océano.

      Curtis Hanson (director entre otras de “L.A. Confidential“) construyó una buena narración, de excelente ritmo y gran trabajo actoral que, pese a su carácter previsible, convencía en todo aquello que narraba. Y es que Rebecca de Mornay llegaba a dar miedo de verdad. Bajo aquel rostro frágil y bello se escondía un mal tan creíble que sólo necesitaba de un plano (aquel en el que aparacía comiendo una manzana tras haber cometido su primer asesinato) para convencernos a todos de la intensidad de su odio. Gran trabajo también el de Annabella Sciorra y Julianne Moore así como el de un Ernie Hudson cuyo secundario papel brillaba a la misma altura que el de la propia De Mornay.

      Un thriller al más propio estilo de los años 90 tremendamente recomendable que, pese a perder cierta fuerza en sus previsibles secuencias finales, conseguía transmitirnos altas dosis de tensión.

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        Algo más que una película polémica


        instinto-basicoQue esta película resultó polémica está claro. Que hoy, casi 20 años después de su estreno, sigue suscitando cierto interés morboso, también. Fueron muchos los factores que influyeron en el éxito de “Instinto Básico“. El hecho, por ejemplo, de que ciertos sectores de la población se sintiesen ofendidos con el tratamiento de la película (fue el caso de las protestas de asociaciones de lesbianas por la forma en la que estaba construido el personaje de Sharon Stone) no hizo más que impulsar el interés de la cinta en todo el planeta. Sexo y violencia a partes iguales bajo un clima de intriga detectivesca que tuvo que ser cortado hasta cuarenta veces por parte de su director (Paul Verhoeven) para no obtener en Estados Unidos la calificación de película pornográfica.

        Sharon Stone encontró en “Instinto Básico” el trampolín perfecto para alzarse como icono erótico de la década de los 90, tras unos comienzos bastante mediocres (¿Es necesario hablar de “Sangre y Arena“?) y Michaelsharon-stone Douglas demostraba que a sus 48 añós aún podía encarnar un personaje de alta carga sexual y seguir resultando convincente (su famosa adición también le tuvo que ayudar a ello).

        Un excelente clima de intriga el que se conseguía a lo largo de toda la cinta y un personaje (el de la novelista Catherine Tramell) tan misteriosamente frío (inspirado hasta en su vestuario en la Kim Novak de “Vértigo“)  que supo ganarse su hueco en la historia.

        La famosa escena del interrogatorio (con cruce de piernas incluido) ha sido explotado ya hasta la saciedad, del mismo modo que su final abierto levanta aún hoy debates entre los cinéfilos más inquietos. Y es que lo que está claro es que “Instinto básico“, sin llegar a ser una obra maestra, fue algo más que una película polémica.

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          El título que renovó un género


          el-silencio-de-los-corderosFue la primera película de este género que ganó el Oscar a la mejor película (y hasta ahora también la última). Fue del mismo modo, junto con “Alguien voló sobre el nido del cuco” y “Sucedió una noche“, el único título que se alzó con los cinco premios más importantes de la ceremonia (película, director, actor, actriz y guión) y fue, ante todo, la cinta que renovó todo un género, que creó una escuela y que dió un significado nuevo al término “thriller psicológico”.

          Cuando estudiaba cine (hace ya unos cuantos años) me hablaron de  la importancia del “sugerir más que mostrar“. Me enseñaron que la psique humana tendía a ir siempre más allá de lo que sus ojos le mostraban, por lo que si algo no se enseñaba pero en cambio sí se sugería, los efectos que se conseguían en el espectador podían ser sobrecogedores. “El silencio de los corderos” llevó esta regla a su máxima expresión. Éste es un título en el que realmente se muestran pocas cosas, pero se sugieren muchísimas. La angustia que nos produce la cinta no se debe tanto a lo que vemos como a lo que sí podemos imaginar.

          Soberbia su parte final, con aquella lineas temporales paralelas tan poco habituales en la época; sobrecogedor y angustioso el encuentro final de Clarice Starling con Buffalo Bill, entre terrorífica oscuridad y gafas de visión nocturna y extrañamente bellas y poéticas las secuencias que compartieron Jodie Foster y Anthony Hopkins a través de rejas y cristales. Todo en ejercicio de maestría por parte del director (Jonathan Demme) y un título que marcaría para siempre la carrera de sus dos protagonistas.

          Una película que marcó la historia de un género y, por extensión, la de todo el cine.

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            Cuando el asesinato se convierte en expresión artística


            el-coleccionista-de-huesosMuchas fueron las películas que, a partir del éxito de “Seven“, intentaron relanzar un género más de moda que ninguno en los años noventa. Me refiero a aquel que había sido reinventado años atrás por “El silencio de los corderos” y que los espectadores de todo el planeta parecían reclamar en títulos que no estuvieron nunca a la altura de estas dos grandes referencias. Obras como “El coleccionista de amantes“, “Copycat” o “Resurrección” hicieron el intento, pero ninguna de ellas conseguiría siquiera aproximarse al clima de angustia, tensión y magistral realización de las obras de Jonathan Demme y David Fincher.

            En 1999, sin embargo, Phillip Noyce nos presentaba un oscuro thriller protagonizado por una joven Angelina Jolie y por un siempre carismático Denzel Washington que fue, a mi justo parecer, la única que supo aproximarse a lo que los espectadores tanto demandaban por aquel antonces. “El coleccionista de huesos” supuso, para los que amábamos este “nuevo” género, un reencuentro con Buffalo Bill o John Doe, un reencuentro con ese asesino en serie de extrema inteligencia y fetichismo extremo que conseguía transmitirnos miedo y admiración a partes iguales. La contínuas pruebas a las que iba sometiendo a sus fustrados perseguidores, unida a la magistralidad de la puesta de escena de todos y cada uno de los asesinatos, consiguieron que este título no fuera uno de tantos condenados a caer en el olvido. Quizá falló el final, demasiado inverosímil como para estar a la altura de ninguna de las dos “grandes” anteriormente citadas. Aún así, prefiero quedarme con todo el conjunto.

            Y es que no hay una sola vez que suba a un taxi que no recuerde en algún momento la secuencia inicial de este título. Gracias a Dios que hasta la fecha a ningún taxista se le ha ocurrido colgar un mono en miniatura del retrovisor de su coche… al menos ninguno de aquellos con los que yo haya montado… Gracias a Dios.

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              “¿Qué regalarías a un hombre que lo tiene todo?”


              the-gameDos años antes, David Fincher había sorprendido a propios y extraños con un título que marcaría para siempre toda su trayectoria: “Seven“. Ahora, en 1997, presentaba el que era su nuevo proyecto. Esta vez con Michael Douglas de protagonista y tocando un género que, pese a ser similar al del último de sus títulos, no podía ser más diferente. Su nombre: “The game“.

              Estaba claro que ésta era una película destinada a triunfar en la taquilla de todo el mundo. El primer motivo, por estar aún tan reciente el impacto de “Seven“, pero también de un modo claro por contar con una gran estrella en su reparto, así como por corresponderse con uno de los géneros favoritos del público (mucho más patente aún en aquellos años).

              El nuevo trabajo del director no nos dejó del todo insatisfechos. Sin alcanzar las cotas de magistralidad de su anterior trabajo, Fincher nos volvía a demostrar una vez más que sabía cómo crear tensión en un metraje, manteniendo la atención del espectador ante todo lo que sucedia en la pantalla. Quizá falló Douglas  (el que escribe no le tiene en gran estima). Cualquier otro actor, aunque no hubiese sido tan conocido, habría aportado más convencimiento a una historia ya interesante de por sí, aunque sí reconozco que la química con su compañera de reparto resultaba innegable.

              Sus giros argumentales y un Sean Penn una vez más impecable consiguieron que esta atractiva historia cobrase el peso necesario para que, once años después de su estreno, se siga recordando (al menos para mí) como uno de los mejores trabajos de Fincher.

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                Una absoluta OBRA MAESTRA


                “¿Cuál es tu película favorita?” Una simple pregunta; una complicadísima respuesta. Más de una vez me he visto en el apuro de tener que elegir una cinta entre la multitud de títulos que, por un motivo u otro, en una etapa u otra, me dejaron huella. ¡Qué difícil resulta cuando los títulos son tantos y los géneros tan diferentes! Pocas veces he tenido la respuesta clara, pero de lo que estoy absolutamente seguro es de que si esta película no lo es, al menos se acerca mucho. Cuenta además con algo muy positivo a su favor: que el paso del tiempo no ha restado ni un ápice de su valor. Más bien le ha ayudado a crecer aún más. En muchas ocasiones vemos una película y con el fervor del visionado reciente creemos qué es de lo mejor que hemos visto nunca y sólo pasado el tiempo nos damos cuenta del error de apreciación. Esto no le sucede a “Seven“. El tiempo la ha engrandecido aún más si cabe. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que he podido ver esta película y ni una sola vez bajó mi apreciación hacia ella.

                En su momento se prometía la típica producción americana donde una cara guapa y de moda se iba a lucir en todos y cada uno de sus planos, que resultaría entretenida, haría dinero en taquilla y poco más. David Fincher (su director) era poco conocido y su última película (”Alien 3“) tampoco pronosticaba nada excelente. Pocos sabíamos por aquel entonces que Fincher se jugaba con este título su continuidad en el mundo del cine, pues por aquel entonces se mascaba su vuelta al mundo de los video-clips dado sus pobres resultados en la pantalla grande (algo que nos habría privado de otros buenos títulos como “The game“, “El club de la lucha” o “Zodiac“). Nadie conocía a Andrew Kevin Walker, el guionista que trabajaba en una tienda de discos y que escribió este guión en sus ratos de descanso. Tan sólo la nueva estrella del firmamento americano, Brad Pitt y el veterano Morgan Freeman daban peso a la cinta, pues Gwyneth PaltrowKevin Spacey no eran por aquel entonces los nombres tan conocidos que en un futuro serían.

                El resultado final sorpendió a todos. Una película que tomaba cinco años después el testigo de “El silencio de los corderos” pero que añadía ingredientes nuevos al género. Sus claros guiños al cine negro, el cumplimiento de la premisa “Sugerir más que mostrar” llevada a la maestría, la soberbia planificación, la recreación de ambientes claustrofóbicos y cerrados gracias a los excelentes encuandres e inmejorable iluminación que posteriormente serían imitados (o más bien se intentarían imitar) hasta la saciedad, su espectacular montaje (que le valdría una nominación al Oscar ), el increíble guión y su inesperado giro final… Fueron tantos los factores que sirvieron para hacer de “Seven” la obra maestra que hoy en día es que sólo me puedo quitar el sombrero y soñar con que algún día algo así pueda ser repetido.

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