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Bienvenidos a Plano Medio. Un blog de críticas del cine de siempre donde podras descubrir curiosidades de tus películas favoritas.

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Nada más peligroso que algunas obsesiones


atraccion-fatalVeintidós años después de su estreno “Atracción fatal” continúa teniendo fuerza. Posiblemente porque los temas que aquí se tratan difícilmente pasarán algún día de moda o tal vez porque consigue hacernos reflexionar sobre el por qué de ciertos comportamientos que no por peligrosos se dan en menor medida.

Cierto es que lo que aquí plasmaba Adrian Lyne estaba llevado hasta el más absoluto extremo, un hecho que, pese a provocar que la cinta no brillase como podría haberlo hecho, no fracasaba en su intento de que los espectadores se identificasen con unos personajes que permanecieron en el subconsciente colectivo durante un buen número de años. Este enfoque tan extremo provocaba que se indagara menos en la psique de los protagonistas, especialmente en el interesantísimo personaje de una soberbia Glenn Close (de la que se presiente hay tanta historia detrás que daría para varias películas) y se optara por convertir el final del metraje en un thriller demasiado efectista que empobrecía la profundidad de la obra completa. Curioso resulta conocer que existió un final alternativo mucho más realista que desde mi punto de vista hubiese encumbrado esta cinta muy por encima de la posición que ocupa hoy día. En aquel momento primó el interés comercial por encima del valor argumental y se escogió el final equivocado. Uno de esos errores dados en el mundo del cine que a día de hoy aún hay que lamentar.

Una película nominada a seis Oscar donde Glenn Close, Michael Douglas y Anne Archer compusieron uno de los triángulos amorosos más creíbles de los irrepetibles años 80.

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    “La mano que mece la cuna es la mano que domina el mundo”


    la-mano-que-mece-la-cunaRecientemente se estrenó en nuestros cines  “Obsesionada“, una película inspirada en la ochentera “Atracción fatal” que a mí personalmente me hizo recordar un título bien diferente. Y es que en el año 1992 vio la luz en todo el mundo una cinta de título cuanto menos curioso que no sólo significó el trabajo más importante en la carrera de la actriz Rebecca de Mornay, sino que también nos enseñó a muchos que un trabajo bien hecho y una historia bien construída podían dignificar el cine más comercial llegado del otro lado del océano.

    Curtis Hanson (director entre otras de “L.A. Confidential“) construyó una buena narración, de excelente ritmo y gran trabajo actoral que, pese a su carácter previsible, convencía en todo aquello que narraba. Y es que Rebecca de Mornay llegaba a dar miedo de verdad. Bajo aquel rostro frágil y bello se escondía un mal tan creíble que sólo necesitaba de un plano (aquel en el que aparacía comiendo una manzana tras haber cometido su primer asesinato) para convencernos a todos de la intensidad de su odio. Gran trabajo también el de Annabella Sciorra y Julianne Moore así como el de un Ernie Hudson cuyo secundario papel brillaba a la misma altura que el de la propia De Mornay.

    Un thriller al más propio estilo de los años 90 tremendamente recomendable que, pese a perder cierta fuerza en sus previsibles secuencias finales, conseguía transmitirnos altas dosis de tensión.

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      El título que renovó un género


      el-silencio-de-los-corderosFue la primera película de este género que ganó el Oscar a la mejor película (y hasta ahora también la última). Fue del mismo modo, junto con “Alguien voló sobre el nido del cuco” y “Sucedió una noche“, el único título que se alzó con los cinco premios más importantes de la ceremonia (película, director, actor, actriz y guión) y fue, ante todo, la cinta que renovó todo un género, que creó una escuela y que dió un significado nuevo al término “thriller psicológico”.

      Cuando estudiaba cine (hace ya unos cuantos años) me hablaron de  la importancia del “sugerir más que mostrar“. Me enseñaron que la psique humana tendía a ir siempre más allá de lo que sus ojos le mostraban, por lo que si algo no se enseñaba pero en cambio sí se sugería, los efectos que se conseguían en el espectador podían ser sobrecogedores. “El silencio de los corderos” llevó esta regla a su máxima expresión. Éste es un título en el que realmente se muestran pocas cosas, pero se sugieren muchísimas. La angustia que nos produce la cinta no se debe tanto a lo que vemos como a lo que sí podemos imaginar.

      Soberbia su parte final, con aquella lineas temporales paralelas tan poco habituales en la época; sobrecogedor y angustioso el encuentro final de Clarice Starling con Buffalo Bill, entre terrorífica oscuridad y gafas de visión nocturna y extrañamente bellas y poéticas las secuencias que compartieron Jodie Foster y Anthony Hopkins a través de rejas y cristales. Todo en ejercicio de maestría por parte del director (Jonathan Demme) y un título que marcaría para siempre la carrera de sus dos protagonistas.

      Una película que marcó la historia de un género y, por extensión, la de todo el cine.

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